domingo, 5 de agosto de 2012


Sikuri
Ahí estabas y estabas aquí. Ese día no hacía falta preocuparse de nada más que de ti, de lo que hacías, de tu mirada, de tus retazos ancestrales en el aire. Daba lo mismo la gente que en el centro huía de sí misma movilizando bolsas, cargando billetes, siendo ellos mismos parte del flujo comercial. Daban lo mismo porque estabas tú ahí. Asumiendo con orgullo y dignidad el peso de una historia silenciada por la no-historia de la actualidad. Fisurando la superficie lisa de los vaivenes indiferentes de una renovación incesante y de un progreso equino.

Ahí estabas y estabas aquí. Quizás, en ese preciso instante, no era tan necesario saber la historia del Sikuri como quien machaca con el arsenal científico un gesto que se explica en su práctica, en su lejanía y su afectivididad. Eran tú y tus compañeros, hermanos de sangre latinoamericana, alzando el rito pagano a la tierra e interviniendo al mismo tiempo un espacio que se quiere sin historia. No hace falta en este sentido –lo repito- incurrir en la historia de los instrumentos, los trajes, los canticos y bailes en los que tú participaste aquella tarde, y no hace falta porque en ese momento eran ustedes quienes historizaban, haciendo de la plaza pública, comercial, la escena de un acontecimiento irreductible a explicaciones. Eran ustedes quienes atacaban la vista y el oído del transeúnte indiferente, instalando historia en la no historia; instalando, a punta de alegría carnavalesca, la memoria de la sangre frente al olvido del mercado.

Ahí estabas y estabas aquí. Y tu mirada de ojos brillantes se cerraba en círculo con las miradas brillantes de tus hermanos y hermanas, quemando la hoja de coca, cumpliendo una promesa que va más allá del compromiso cotidiano con la tradición urbana del trabajo o la universidad. No, nada tenía que ver con ese tipo de compromiso. Fuimos participes, quienes presenciamos aquella intervención, del eco de latinoamerica que resuena en los bordes y márgenes de la lucha contra el olvido de sí misma, he ahí el compromiso acontecimental. Estabas ahí, eras tú, más tú que otras veces, más real en tanto que más alegre de hacer y ser, en aquel momento, la historia subversiva de un pueblo que jamás caerá en la desdicha de lo invisible.

viernes, 20 de julio de 2012


Divagaciones Blasfemas:
“… y en vez de lágrima echar, con plomo llorarán…”
(Aporte a la discusión…)
Uno no recuerda en vano. Todo aquello que vuelve a la memoria vuelve reinstalándose en la huella que dejó en su ya pasado momento presente.  Vuelve como la imagen petrificada de lo inmutable, con el descontento o la dicha de un inútil pluscuamperfecto.  Los muertos jamás volverán a levantarse, y los ingratos deudores del presente se ocultarán en los falsos retazos de una rememoración nostálgica y cómoda. Se trata de una compleja inclinación a la amnesia militante, aquella que se elige como decisión, en cualquier caso, de olvidar que se olvida.


El presente se mantiene atado a una ficción de comunidad manifiesta en el himno, en el escudo, en la familia, en la misma historia, en el lenguaje de los libros que los niños leen para acomodarse a la verdad de su nación. Tal y como cada individuo tiende a ocultar acontecimientos de su pasado para mantenerse íntegro en la travesía del presente–la represión de las escenas traumáticas de nuestras vidas (Freud)-, así también la nación olvida para mantener su falsa cohesión.  La nación no podría existir si no olvidásemos los miles de cuerpos asesinados que yacen bajo sus grises cimienterios (evangelización de la Araucanía), así mismo tampoco América podría ser tal si se mantuviera in memoriam el mayor genocidio de la historia de la humanidad (la conquista). De esto se trata el olvido militante, aquel que olvida el propio olvido como gesto de futuro y progreso. La acción de recordar o hacer memoria nunca debería ser suficiente, pues no se trata simplemente guardar en el registro de una memoria colectiva los hechos del pasado que no volverán a reconstituirse. El recuerdo también se manifiesta olvidando, olvido que en este caso se manifestaría recordando y ensalzando el acontecimiento del pasado a una nominación determinada que lo reduce (…) impidiendo dar mirada a los distintos meandros y líneas de fuerza que le dieron forma. La memoria de la batalla del pacífico se reduce a la figura de Arturo Prat, y así los cuerpos de las peruanas y peruanos torturados, desaparecidos y violados por el ejército de rotos chilenos se invisibiliza preso en la sobreabundancia de la  estetizada figura del mártir militar.


Es evidente, en este sentido, que sería políticamente irresponsable apresurarse a una bruta intencionalidad de olvido. Por el contrario, la nación y la comunidad instituyen lugares de memoria que pasarían a ser los espejos de la propia comunidad (comunidad del olvido, Renan). Los lugares de memoria tales como, los informes de verdad y reconciliación, los museos, las bibliotecas, los murales…etc. Imprimirían en el colectivo la imagen de una identidad… el museo de historia nacional produce cuerpos que se autodenominan gentiliciamente distinguiéndose casi religiosamente de sus hermanos latinoamericanos (la propia identidad se configura, monta o construye siempre en contraposición al otro). No, no podemos decir que haya una propaganda por el olvido. Tampoco podemos alegar que no hay memoria. Ni siquiera podemos decir que el pasado no se observa con mirada crítica. El grito de descontento ataca otro problema. Se trata de la selección de lo que es memorable y aquello que no es memorable. Se trata de los abusos políticos de la memoria que hacen propaganda se sí mismos perpetrando una memoria aceptable y legítima para recordar el pasado en comunidad y cohesión.


Los Informes de Verdad y Reconciliación desarrollados en las post-dictaduras latinoamericanas, si bien exponen con gran detalle las vejaciones a los prisioneros políticos de dichos países, fuerzan a una clausura de la memoria y la reivindicación de las luchas, presentando, de esta manera, cuerpos sin nombre ni militancia disminuidos a un relato categorizado por los estándares de la psicología y la psiquiatría, y soslayando en esta medida las causas que llevaron a estas víctimas (concepto problemático al que me referiré más tarde) a proponer nuevos horizontes o una resistencia a los períodos manifestamente dictatoriales de hace 20 años. La administración del olvido que opera en estos informes no puede ser más clara y representativa de los intereses memorísticos de una oficialidad en el poder, ya su propio nombre representa una contradicción fundacional irreductible: ¿es realmente posible unir Verdad y Reconciliación en una relación de mutua correpondencia histórica? Si entendemos por verdad aquello que se acomoda con más fidelidad a los hechos o a los acontecimientos[1] ¿es realmente posible avanzar hacia la reconciliación? Los informes que tratan de rescatar la memoria de la violación a los derechos humanos durante los períodos correspondientes a las dictaduras latinoamericanas tienen dos objetivos fundamentales: por una parte mostrar la verdad con la finalidad de la reconciliación y, por otra, generar mecanismos de reparación estableciendo, para estos fines, una tipología determinada de víctima.  No es sino la víctima real del aparato dictatorial quien podrá ser reparada por el estado, entendiendo por reparación la puesta en práctica los distintos mecanismos de reinserción social: terapias psicológicas[2], pensiones vitalicias y becas para retomar estudios. Las tentativas a la reparación pretenderían, en este sentido, generar una memoria activa de reconciliación mediante el tratamiento de los casos afectados por la dictadura. Una especie de soborno para acallar, clasificar e institucionalizar testimonios, incrustándolos en un informe que recuerda olvidando, y que repara víctimas legitimando, en este proceso, la hipocresía de una bondad estratégica del presente que al mismo tiempo oculta la sombría continuidad que lo hace un producto triunfal de la dictadura. Nada mejor para la amnesia militante que una memoria archivada, revisada y clasificada en los estantes de las instituciones que no son sino el producto del sistema que atentó en contra la fracción del pueblo que, lejos de visibilizarse, se oculta en ella.


Tal y como los archivos de verdad y reconciliación son el espacio escritural en los que se archiva una memoria acotada a los márgenes de la memoria aceptable para mantener la cohesión nacional, así también los museos son espacios de clasificación que, interviniendo en los archivos, acercan tanto como alejan los objetos memoriales a los espectadores. La operación del museo es, básicamente, extraer objetos de un momento histórico que les es propio para eternizarlos en la posteridad guardando en estos aquello que podría manifestar el tiempo ya pasado. Cementerio del tiempo que se delata a sí mismo en la ficción de mostrar a los impotentes del presente los objetos necesarios para que estos sepan que el muerto está muerto y ya está, que no hay vuelta atrás y que todo aquello que se guarda en estos bellos mausoleos es inalcanzable, pues su historia irrepetible les da todo su carácter de objeto único e irrepetible a kilómetros de historia de quien figuraría como espectador.


El museo clasifica y retiene el pasado en su mausoleo de muerte infranqueable. Y así podemos continuar ahondando en los espacios ya mencionados así como desarrollar la falsedad o hipocresía rememorativa de muchos más, sin embargo también se hace necesario atacar el presente, superando la blasfemia histórico-memorial para incurrir en tácticas de combate efectivas que no reduzcan la memoria sólo al recuerdo, sino más bien a la reinvención de una batalla por recuperar la(s) historia(s).

  
(Bosquejo de un proyecto muralista hecho por un Compañero)
La rabia que debe producir en el presente aquello que fue truncado por la fuerza de los poderosos en el pasado no debería permitirnos, como exigencia ético-política, limitarnos jamás a la desdicha de la nostalgia del todo tiempo pasado fue mejor si el único momento considerado por un pueblo combatiente como “mejor” se extendió por cortísimos tres duros años de hilachas que sostenían la esperanza de una revolución con vino y empanadas; y sustrayendo este paréntesis llamado gobierno popular a la historia de Chile, lo que queda es una continuidad de gobiernos oligárquicos que han hecho historia sobre los vencidos de todas las batallas por la liberación. Si no es Oligarquía terrateniente, es burguesía exportadora; si no es hegemonía de ideólogos liberales o neoliberales de corte fascista, son tecnócratas expertos en gestión biopolítica. La historia de Chile avanza y progresa arrollando en su desarrollo a todos quienes han levantado banderas de interrupción revolucionarias. Tal y como el imparable progreso tecnológico europeo culminó en campos de concentración, es decir, en verdaderas ciudades emprendidas (tal y como una empresa), para el genocidio al por mayor de judíos en cámaras de gas, así también la experticia y tecnificación de las instituciones del estado en dictadura, articuló ciudades para detenidos como Pisagua, Chacabuco, Isla Dawson , Estadio Nacional, Estadio Chile… y cuantos lugares más organizados para la tortura, la información, el terror y la desaparición, todo bajo el sustento táctico de los expertos educados en gestión bajo el Alero de la Escuela de las Américas.  Entonces, y esto desde ya es un principio articulador en la batalla por el presente, se trata de sospechar incesantemente de los discursos progresistas, y levantar las banderas del pesimismo revolucionario.


La verdad y la justicia no son imposibles, pero tampoco es una batalla por extraer de la niebla del pasado lo que hasta hoy se niega. Se trata, más bien, de comprender la historia de los vencidos para arremeter con los vencedores que hasta hoy ostentan la espada de la historia oficial. El presente no es ajeno a todo lo que ha sucedido, pues las ruinas del pretérito siguen patentes en el desarrollo del sentido actual de una batalla. No se trata de levantar nuevamente el socialismo ni de intentar ser como aquellos que murieron luchando por destruir a los opresores. Se trata más bien de re-articular la batalla convirtiendo la motivación de los vencidos en  arsenal de odio en contra del presente usurpador de vida e historia. Me atrevería a decir, en este sentido, que la lucha no se reduce al juicio y al castigo, sino más bien a la toma violenta de la realidad, para empezar a hacer la historia de los sin historia, los que hasta hoy han permanecido subyugados en los escondrijos de la noche por la fuerza que le ha dado su progreso al capital. Que el vencer o morir, que el poder popular, y que las consignas revolucionarias comiencen a tener su resignificación por fuera de la nostalgia autocomplaciente que las ha alzado post-dictatorialmente, levantando nuevamente proyectos que se sujeten a las condiciones actuales de la explotación. Reinventando la política y, consiguientemente, las armas para la batalla actual.


Es así como la posibilidad de no petrificar el pasado en el gesto de una memoria monumental se hace imprescindible. Se entiende por monumento en este sentido todo aquello que implique inmutabilidad, parálisis, nostalgia.


[1] Me refiero aquí al acontecimiento como aquello que en su manifestación interviene en la historia incidiendo en un cambio de subjetividad. Se diferencia radicalmente del hecho en tanto que no es algo que simplemente sucede, sino más bien, desata un giro irreductible a la interpretación historigráfica del pasado. Aquí se abre otra problemática tendiente a complejizar: la representación del acontecimiento cómo única manera de rescatarlo en el presente.
[2] Otro tema para blasfemar hasta el infinito: el exprisionero político, o los familiares de los desaparecidos… están locos?. Se enfermaron por enfrentarse al fascismo de su contexto?. La única locura que se puede sostener respecto de estos cuerpos es la locura que Galeano defiende, la locura del que persigue la utopía incesantemente estando esta siempre diez pasos después.