Divagaciones Blasfemas:
“… y en vez de lágrima echar, con
plomo llorarán…”
(Aporte a la discusión…)
Uno no
recuerda en vano. Todo aquello que vuelve a la memoria vuelve reinstalándose en
la huella que dejó en su ya pasado momento presente. Vuelve como la imagen petrificada de lo
inmutable, con el descontento o la dicha de un inútil pluscuamperfecto. Los muertos jamás volverán a levantarse, y
los ingratos deudores del presente se ocultarán en los falsos retazos de una
rememoración nostálgica y cómoda. Se trata de una compleja inclinación a la
amnesia militante, aquella que se elige como decisión, en cualquier caso, de
olvidar que se olvida.
El presente se
mantiene atado a una ficción de comunidad manifiesta en el himno, en el escudo,
en la familia, en la misma historia, en el lenguaje de los libros que los niños
leen para acomodarse a la verdad de
su nación. Tal y como cada individuo tiende a ocultar acontecimientos de su
pasado para mantenerse íntegro en la travesía del presente–la represión de las
escenas traumáticas de nuestras vidas (Freud)-, así también la nación olvida
para mantener su falsa cohesión. La
nación no podría existir si no olvidásemos los miles de cuerpos asesinados que
yacen bajo sus grises cimienterios (evangelización
de la Araucanía), así mismo tampoco
América podría ser tal si se mantuviera in
memoriam el mayor genocidio de la historia de la humanidad (la conquista).
De esto se trata el olvido militante, aquel que olvida el propio olvido como
gesto de futuro y progreso. La acción de recordar o hacer memoria nunca debería ser suficiente, pues no se trata simplemente guardar en el registro de
una memoria colectiva los hechos del pasado que no volverán a reconstituirse.
El recuerdo también se manifiesta olvidando, olvido que en este caso se
manifestaría recordando y ensalzando el acontecimiento del pasado a una nominación
determinada que lo reduce (…) impidiendo dar mirada a los distintos meandros y
líneas de fuerza que le dieron forma. La memoria de la batalla del pacífico se
reduce a la figura de Arturo Prat, y así los cuerpos de las peruanas y peruanos
torturados, desaparecidos y violados por el ejército de rotos chilenos se
invisibiliza preso en la sobreabundancia de la estetizada figura del mártir militar.
Es evidente,
en este sentido, que sería políticamente irresponsable apresurarse a una bruta
intencionalidad de olvido. Por el contrario, la nación y la comunidad
instituyen lugares de memoria que pasarían a ser los espejos de la propia
comunidad (comunidad del olvido, Renan). Los lugares de memoria tales como, los informes de verdad y
reconciliación, los museos, las bibliotecas, los murales…etc. Imprimirían en el
colectivo la imagen de una identidad… el museo de historia nacional produce
cuerpos que se autodenominan gentiliciamente distinguiéndose casi
religiosamente de sus hermanos latinoamericanos (la propia identidad se
configura, monta o construye siempre
en contraposición al otro). No, no
podemos decir que haya una propaganda por el olvido. Tampoco podemos alegar que
no hay memoria. Ni siquiera podemos decir que el pasado no se observa con
mirada crítica. El grito de descontento ataca otro problema. Se trata de la
selección de lo que es memorable y aquello que no es memorable. Se trata de los
abusos políticos de la memoria que hacen propaganda se sí mismos perpetrando
una memoria aceptable y legítima para recordar el pasado en comunidad y
cohesión.
Los Informes de Verdad y Reconciliación desarrollados
en las post-dictaduras latinoamericanas, si bien exponen con gran detalle las
vejaciones a los prisioneros políticos de dichos países, fuerzan a una clausura
de la memoria y la reivindicación de las luchas, presentando, de esta manera, cuerpos
sin nombre ni militancia disminuidos a un relato categorizado por los
estándares de la psicología y la psiquiatría, y soslayando en esta medida las
causas que llevaron a estas víctimas (concepto
problemático al que me referiré más tarde) a proponer nuevos horizontes o una
resistencia a los períodos manifestamente
dictatoriales de hace 20 años. La administración del olvido que opera en
estos informes no puede ser más clara y representativa de los intereses
memorísticos de una oficialidad en el poder, ya su propio nombre representa una
contradicción fundacional irreductible: ¿es realmente posible unir Verdad y Reconciliación en una relación de mutua correpondencia histórica? Si
entendemos por verdad aquello que se acomoda con más fidelidad a los hechos o a
los acontecimientos
¿es realmente posible avanzar hacia la reconciliación? Los informes que tratan
de rescatar la memoria de la violación a los derechos humanos durante los
períodos correspondientes a las dictaduras latinoamericanas tienen dos
objetivos fundamentales: por una parte mostrar la verdad con la finalidad de la
reconciliación y, por otra, generar mecanismos de reparación estableciendo,
para estos fines, una tipología determinada de víctima. No es sino la
víctima real del aparato dictatorial
quien podrá ser reparada por el
estado, entendiendo por reparación la puesta en práctica los distintos
mecanismos de reinserción social: terapias psicológicas,
pensiones vitalicias y becas para retomar estudios. Las tentativas a la
reparación pretenderían, en este sentido, generar una memoria activa de reconciliación
mediante el tratamiento de los casos afectados por la dictadura. Una especie de
soborno para acallar, clasificar e institucionalizar testimonios,
incrustándolos en un informe que recuerda olvidando, y que repara víctimas legitimando, en este proceso,
la hipocresía de una bondad estratégica
del presente que al mismo tiempo oculta la sombría continuidad que lo hace un
producto triunfal de la dictadura. Nada mejor para la amnesia militante que una
memoria archivada, revisada y clasificada en los estantes de las instituciones
que no son sino el producto del sistema que atentó en contra la fracción del
pueblo que, lejos de visibilizarse, se oculta en ella.
Tal y como los
archivos de verdad y reconciliación son
el espacio escritural en los que se archiva una memoria acotada a los márgenes
de la memoria aceptable para mantener
la cohesión nacional, así también los museos son espacios de clasificación que,
interviniendo en los archivos, acercan tanto como alejan los objetos memoriales
a los espectadores. La operación del museo es, básicamente, extraer objetos de
un momento histórico que les es propio para eternizarlos en la posteridad
guardando en estos aquello que podría manifestar el tiempo ya pasado. Cementerio
del tiempo que se delata a sí mismo en la ficción de mostrar a los impotentes
del presente los objetos necesarios para que estos sepan que el muerto está
muerto y ya está, que no hay vuelta atrás y que todo aquello que se guarda en
estos bellos mausoleos es inalcanzable, pues su historia irrepetible les da
todo su carácter de objeto único e irrepetible a kilómetros de historia de
quien figuraría como espectador.
El museo
clasifica y retiene el pasado en su mausoleo de muerte infranqueable. Y así
podemos continuar ahondando en los espacios ya mencionados así como desarrollar
la falsedad o hipocresía rememorativa de muchos más, sin embargo también se
hace necesario atacar el presente, superando la blasfemia histórico-memorial
para incurrir en tácticas de combate efectivas que no reduzcan la memoria sólo
al recuerdo, sino más bien a la reinvención de una batalla por recuperar la(s)
historia(s).
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| (Bosquejo de un proyecto muralista hecho por un Compañero) |
La rabia que
debe producir en el presente aquello que fue truncado por la fuerza de los
poderosos en el pasado no debería permitirnos, como exigencia ético-política,
limitarnos jamás a la desdicha de la nostalgia del todo tiempo pasado fue mejor si el único momento considerado por un
pueblo combatiente como “mejor” se
extendió por cortísimos tres duros años de hilachas que sostenían la esperanza
de una revolución con vino y empanadas; y sustrayendo este paréntesis llamado gobierno popular a la historia de Chile,
lo que queda es una continuidad de gobiernos oligárquicos que han hecho
historia sobre los vencidos de todas las batallas por la liberación. Si no es
Oligarquía terrateniente, es burguesía exportadora; si no es hegemonía de
ideólogos liberales o neoliberales de corte fascista, son tecnócratas expertos
en gestión biopolítica. La historia de Chile avanza y progresa arrollando en su
desarrollo a todos quienes han levantado banderas de interrupción
revolucionarias. Tal y como el imparable progreso tecnológico europeo culminó
en campos de concentración, es decir, en verdaderas ciudades emprendidas (tal y como una empresa), para el
genocidio al por mayor de judíos en cámaras de gas, así también la experticia y
tecnificación de las instituciones del estado en dictadura, articuló ciudades
para detenidos como Pisagua, Chacabuco, Isla Dawson , Estadio Nacional, Estadio
Chile… y cuantos lugares más organizados para la tortura, la información, el
terror y la desaparición, todo bajo el sustento táctico de los expertos
educados en gestión bajo el Alero de la Escuela de las Américas. Entonces, y esto desde ya es un principio
articulador en la batalla por el presente, se trata de sospechar incesantemente de los discursos progresistas, y levantar las
banderas del pesimismo revolucionario.
La verdad y la
justicia no son imposibles, pero tampoco es una batalla por extraer de la
niebla del pasado lo que hasta hoy se niega. Se trata, más bien, de comprender
la historia de los vencidos para arremeter con los vencedores que hasta hoy
ostentan la espada de la historia oficial. El presente no es ajeno a todo lo
que ha sucedido, pues las ruinas del pretérito siguen patentes en el desarrollo
del sentido actual de una batalla. No se trata de levantar nuevamente el
socialismo ni de intentar ser como aquellos que murieron luchando por destruir
a los opresores. Se trata más bien de re-articular la batalla convirtiendo la motivación de los vencidos
en arsenal de odio en contra del
presente usurpador de vida e historia. Me atrevería a decir, en este
sentido, que la lucha no se reduce al juicio y al castigo, sino más bien a la
toma violenta de la realidad, para empezar a hacer la historia de los sin
historia, los que hasta hoy han permanecido subyugados en los escondrijos de la
noche por la fuerza que le ha dado su progreso al capital. Que el vencer o morir, que el poder popular, y que las consignas
revolucionarias comiencen a tener su resignificación por fuera de la nostalgia
autocomplaciente que las ha alzado post-dictatorialmente, levantando nuevamente
proyectos que se sujeten a las condiciones actuales de la explotación. Reinventando
la política y, consiguientemente, las armas para la batalla actual.
Es así como la
posibilidad de no petrificar el pasado en el gesto de una memoria monumental se
hace imprescindible. Se entiende por monumento en este sentido todo aquello que
implique inmutabilidad, parálisis, nostalgia.